• El Vicente Calderón vibró en su último partido europeo a pesar de que el Atlético acabó eliminado. El resultado no importo para el orgullo de una afición.

10 de mayo de 2017. Fue la fecha de la despedida más pasional del Vicente Calderón. El Atlético de Madrid recibía al Real Madrid en la vuelta de las semifinales de la Champions. El resultado en la ida había sido de 3-0, por lo que el Atlético debía remontar si quería pasar a la final. Era el último partido europeo y el último derbi del Vicente Calderón en sus 50 años de historia. El Atlético no lo consiguió, pero el estadio no dejó de cantar y animar hasta que no quedaba nadie en el césped. Todo bajo un enorme diluvio. Fue el orgullo y la pasión despidiendo el Vicente Calderón.

El partido comenzaba a las 20:45 horas. Pero los aledaños del Calderón ya estaban a rebosar de atléticos cuando el reloj marcaba las 17. Era la última gran previa y los aficionados querían estar a la altura. No fallaron. El autocar rojiblanco fue recibido por centenares de voces, mientras en la otra esquina, los aficionados se agrupaban en torno al callejón dispuestos a dejarse la garganta. Demasiada intensidad, cargas policiales a media hora del partido. El escenario bélico de fuera era la representación del infierno que esperaba dentro.

Mosaico en las gradas del Vicente Calderón. | Foto: Atlético de Madrid

Saltaban los jugadores con el estadio cantando a coro. La noche caía en la capital ante el último derbi europeo del viejo templo. Y en las gradas, un lema: «Orgullosos de no ser como vosotros». Fue la respuesta del Atlético de Madrid a la pregunta que los madridistas le lanzaban en su estadio una semana antes: «Decidme qué se siente». Pues eso, orgullo por ser diferentes. Eso es lo que se siente. Un orgullo que siempre fue bandera del Atlético de Madrid. Y de eso se trató aquel partido. Del orgullo de ser rojiblanco.

Los jugadores se contagiaron de aquel ambiente. Saúl, nada más comenzar, consiguió marcar el primero. Griezmann, poco después, el segundo desde el punto de penalti. Ya iban 2-0. Faltaba un gol para empatar y dos para ganar. Faltaban 75 minutos por jugarse. La remontada con la que había soñado la parroquia rojiblanca durante toda una semana estaba más cerca que nunca. El Calderón apretó aún más. El barrio de Arganzuela entero tronaba mientras los cimientos del viejo estadio vibraban.

La afición celebra el primer tanto del partido. | Foto: Atlético de Madrid

Pero entonces, marcó el Real Madrid. Se volvía a complicar la eliminatoria, pero eso no fue excusa. El Calderón siguió adelante. Los minutos pasaron y la remontada comenzaba a resultar imposible. Pero no importó a los 55.000 colchoneros que rindieron homenaje a su estadio. No pararon de animar en ningún momento cuando entonces, una tormento acechó en el cielo de Madrid. Era hora de la épica. El diluvio fue bíblico, pero de allí no se movía nadie. Cantaba y botaba el Calderón. Mientras, en la esquina visitante, los aficionados del equipo victorioso, se ponían corriendo el chubasquero mientras su equipo combatía solo en el césped. Restaban unos minutos para el final del partido.

Final. Seguía sin moverse nadie. A pesar de la derrota, del frío y de la lluvia. Estaban diciendo adiós a su casa. Los jugadores lanzaron sus camisetas a la grada y los aficionados comenzaban arrancar sus asientos. El Calderón seguía cantando, saltando, bajo el diluvio y con las butacas en alto. Aún había tiempo para el toque final. El de «El Venao», que sonó cuando los jugadores madridistas se acercaron a saludar a su grada, a los pocos aficionados que no se habían ido corriendo a protegerse de la lluvia.

Un partido memorable, sinónimo de lo que es el Atlético de Madrid: coraje, corazón, orgullo y pasión. El adiós más emotivo del Vicente Calderón, es más rojiblanco, el más pasional, el más afín a su espíritu. Ese vejo estadio lo merecía. Han pasado 3 años de aquella noche de Champions. De aquel 10 de mayo de 2017 donde de nuevo se demostró que ser del Atleti, es ser diferente.