El Atlético de Madrid certificó su pase a la final de la Europa League tras derrotar al Arsenal por 1-0 (2-1 total) con un gol de Diego Costa en el último partido de Arsene Wenger en competición europea tras 22 años de trayectoria junto a los gunners.
Fue una de esas noches. Todos sabemos que cambiar de casa supone cierta tristeza por dejar atrás en tu vida muchos momentos ligados a miles de recuerdos que no volverán a repetirse nunca. Esa casa siempre estará en tu memoria. En esa casa has reído, has llorado, has saltado de alegría, has cantado hasta quedarte sin voz, has vivido tanto, que aunque te vayas a una casa nueva, y además mejor, la pena te invade solo de pensarlo. Será una choza, pero es mi choza dicen algunos. La primera noche siempre es especial, estás empezando algo nuevo en tu vida, la segunda impresiona al ver 4 paredes distintas en un sitio tan habitual como es tu casa, la tercera te empiezas a acostumbrar… pero el ambiente es frío. La temporada empezaba en una casa que quería llenarse de muebles con aroma a Champions, pero, muchas veces las cosas no salen como uno quiere y en este caso, el vecino menos peligroso en teoría es quien te roba ese mueble. Que tampoco lo iba a utilizar para nada, pero, capricho del destino, la realidad era otra y si algo sabe Simeone es que todo lo que se juega en su casa, se gana. Todo.
Fue una de esas noches en las que la magia del Calderón cayó en picado sobre el verde del Metropolitano donde más de 60.000 personas se rindieron a los pies de unos hombres vestidos de rojiblanco tras ver como dieron vida a una eliminatoria que desde el comienzo parecía perdida con la expulsión de Vrsaljko en la ida tras 10 minutos de partido. Coraje y corazón, otra vez más. La afición rojiblanca pintó en el nuevo hogar la primera gran noche que le tocó vivir con cánticos, banderas y bufandas al aire. La primera fiesta, y estaban todos invitados. Nadie falló, el estadio se puso guapo para ello con una pancarta en el fondo sur que parecía leer el futuro (ya que no se equivocaba…). El Atlético de Madrid jugará la final de la Europa League por tercera vez en su historia. El Atlético de Madrid, va rumbo a Lyon.
Fue una de esas noches, con Simeone en el palco como un hincha más tras la expulsión en el partido de ida, en las que el Atlético afrontaba el partido con la intención de hacer valer la gesta conseguida en el Emirates, y vaya si lo consiguieron. El Atleti tenía un plan y la misión de este jueves era certificar el milagro conseguido el anterior. Según arrancó el partido, en el ambiente se empezaba a oler que el Arsenal que se presentó en el Metropolitano no fue el que achuchó tanto la meta de Oblak en la ida ni un equipo que fuese a hacer sufrir mucho a los colchoneros. Llegaban al campo rival, y salvo algún pequeño despiste en algún control de rival, el equipo inglés se veía incapaz de asustar la meta del esloveno, y mucho menos a la defensa liderada por un imperial Godín, que parecía tener 25 años de nuevo tras realizar un partido espectacular.
Fue una de esas noches, en las que Griezmann y Costa se miraban de reojo sabiendo que tarde o pronto iban a hacer de las suyas, no antes de que Koscielny protagonizase el peor momento del partido con una terrible lesión en el tendón de aquiles que previsiblemente le apartará de disputar el Mundial con su selección este verano. Los gestos de dolor del francés no hicieron despertar a los gunners, ni le aportaron el coraje que hace falta para ganar a este equipo. De hecho, antes de ir al túnel de vestuarios a que Wenger intentase darles la clave para perforar el arco colchonero, se produjo algo que algunos llamamos gol moral: ese gol que justo antes del descanso cambia la situación del partido de una manera radical y hace que los jugadores tanto de uno y otro equipo conciban el partido de una manera totalmente diferente. Costa, fue el protagonista de la noche con un gol que supero al meta rival tras una buena jugada del Atlético.
Fue una de esas noches, sí, en las que el Atlético sacó su mayor virtud a relucir, y es defender como los ángeles, y no los de San Rafael que es allí donde se dedican la tropa de rojo y blanco a fortalecer ese muro cuando el sol más castiga. La mejor defensa es un buen ataque, o en este caso al revés, porque no hay equipo en el mundo que mejor practique el «unocerismo» como el Atlético de Madrid. Hay que decir que en la segunda mitad los de Wenger tampoco pusieron mucho de su parte para levantar la eliminatoria. O sí, pero el Atlético anuló totalmente el esfuerzo del Arsenal, en vano, sí, pero presente, e hizo que pasase inadvertido cualquier acción que pudiese producir un amago de infarto en los corazones de los atléticos. No solo esa línea de 4 envidiada en toda Europa, sino los Koke, Saúl, Thomas, Vitolo, e incluso los de más arriba. El partido que hicieron los hombres de Simeone, es una manera de recordar a la persona que custodia a estos chicos desde arriba. Las finales no se juegan, se ganan, y solo valer ganar y volver a ganar señor Aragonés, y aunque no fuese una final como tal, todo lo que juegan estos hombres son finales. Pese a la buena defensa que plantearon los de Simeone, el Arsenal mediante internadas por banda o disparos lejanos de Xhaka o Mkhitaryan bien repelidos por Oblak generaba miedo. Y es que no se puede ver un partido de este equipo sin pensar en algún momento que necesitas asistencia médica porque no sientes el pecho o porque te has quedado sin uñas, seamos claros. El Atleti es fiel: un gol y a la cueva. Bendita cueva. No obstante, hay que dar mérito a los londinenses ya que la eliminatoria que han planteado no ha sido para nada mala, pero este choque es una demostración de que a veces que no solo basta con querer lograrlo, sino que hace falta un poquito más. Y Wenger, que desde el jueves es leyenda en los banquillos europeos, cierra su carrera por Europa dejando claro que el Arsenal pese a estar venido a menos últimamente, es un equipo hecho a su imagen y semejanza y no es otra más que fútbol. Gracias, Arsène.
Fue una de esas noches en las que la palabra sufrir va tatuada en el pecho de los hinchas que se han mudado del Manzanares al Henares, que veían como esa casa fría y sin recuerdos vivía por primera vez una noche grande. Nunca el pitido de un árbitro había hecho tan feliz a tanta gente en ese recinto. Nunca 90 minutos se habían hecho tan largos allí. Nunca se había logrado un pase a la final en el Wanda Metropolitano. Y el año de su nacimiento, se ha descubierto que venía con un pan debajo del brazo. El 16 de mayo sabremos si es solo miga o no.
16 de mayo, Lyon, 20:45. Será una de esas noches.








